15.10.08

Encierro

La muerte, ese trago por el que todo debemos pasar. No la muerte de uno mismo, esa es la parte más sencilla, de eso no tenemos que preocuparnos porque, si los dioses son piadosos, serás el que menos la sufra.

Lo malo es la muerte de alguien que posee parte de tu corazón: un familiar, un amigo, un amante. Y si encima la muerte es repentina, inesperada, traumática... aún es peor.


Me da mucha lástima mirarle a los ojos y ver tanto dolor. Sus pensamientos se ven envueltos en niebla, sus palabras se han perdido en un mar de lágrimas que no ha derramado. La prueba es que nunca habla... no lo hace con las palabras que los humanos creamos y utilizamos para comunicarnos. Él habla con su violín, con la música, con cada nota que le arranca y que te rasga el corazón.


Su mirada se pierde en el infinito, nada parece importarle. Para llamar su atención enciendo la luz del faro para que ésta navegue hacia mí.

El faro es una partitura. Sus grandes ojos la recorren ávidos, la devoran, la memorizan. Entonces cierra las ventanas al mundo exterior, alza el violín, se lo coloca sobre el hombro, toma el arco con dulzura y empieza a hablar.

Sus palabras me trasladan a su interior y me dejan recorrer cada rincon de su pequeño cuerpo.


Cuando termina la clase y le dejo allí sentado, ensimismado, con la mirada fija en un punto que sé que no puedo alcanzar a ver, el violín reposando en su regazo, la partitura abandonada en su atril... me siento vacío, perdido, sin fuerzas.


¿Cómo puede ser que la vida sólo brille en sus ojos gracias a un pedazo de madera? ¿Cómo puede un ser tan bello estar condenado a estar encerrado en su propio cuerpo?


Me siento como el carcelero que saca a pasear los reos al patio y les da la libertad del aire y el sol por unas horas, luego los conduce de nuevo a su encierro y así día tras día.


Estoy perdido.